domingo, 17 de agosto de 2014

Estudiar sin miedo, la concentración, el crítico interior: el miedo escénico (2)

Hoy vamos a profundizar un poco en algunas cuestiones que cité un poco de pasada en el artículo anterior.

La primera de ellas es el estudio. 

Habíamos quedado en que, si la inseguridad tocando en público tiene que ver con una deficiente preparación, no podemos decir que haya miedo escénico. Lo que hay es sentido lógico: si lo llevo con pinzas tengo bastantes probabilidades de meter la pata, con lo cual, estoy como un flan.

Esta afirmación tan lógica nos puede llevar, lógicamente, a preguntarnos cuánto hay que estudiar para estar seguro en un concierto. A modo de respuesta rápida os transmitiré lo que oí decir al oboísta Víctor Archel en una clase magistral a la que asistí como oyente el curso pasado en el Conservatorio Superior de Navarra, con la que él quería convencer a alumno y oyentes del imprescindible uso del metrónomo para estudiar: "hay que repetirlo mil veces y, cuando ya sale, otras dos mil".
A ver, entendedme. No os pido que ahora incorporéis a vuestro cacharrerío oboístico un cuaderno para hacer palitos en plan condenados con objeto de ayudaros a contar las mil o dos mil veces. Me atrevo a interpretar lo que Víctor quería decir aclarando que se trata de tener muchísima seguridad de que, en el contexto seguro y tranquilo del estudio en casa, las piezas están totalmente controladas. Así tendremos muchísimas posibilidades de que en el concierto salgan casi solas.
Al hilo de esto recuerdo lo que me decía una profesora de piano, compañera y amiga. Hablábamos de cuánto damos la pelmada a los alumnos con aquello de que hay que usar el metrónomo y ella me decía: "Yo les digo que, antes de poner el metrónomo más rápido, tiene que salirles bien por lo menos tres veces seguidas." Ella y yo sabemos que no basta con tres veces para afianzar un pasaje pero conocemos vuestra paciencia y sabemos que tenéis que aprender a estudiar bien poco a poco. Más adelante ya os daréis cuenta de que podemos pasar días trabajando una pieza a una velocidad antes de aumentarla.


Vamos a abordar ahora una segunda cuestión, que tiene muchísimo que ver con la que ya hemos comentado (y que nos llevará a la tercera, por cierto): la concentración.

En otro artículo que publicaré más adelante expondré someramente algunas técnicas que podrían ayudaros a evitar el miedo escénico. Ahora os diré que muchas de ellas, por caminos diversos, tienen un mismo objetivo: aumentar la concentración. A estar pendientes solamente de lo que estamos haciendo, que es tocar.

Fijaos en el oboísta de la foto. ¿Os da la impresión de que mientras toca está pensando en lo que cenará después, o que no debe olvidar comprar un par de barras de pan antes de llegar a casa o en cualquier otra cosa que no sea la música que toca en ese instante preciso?
Así tenemos que estudiar nosotros: concentrados. Y sí, digo estudiar, porque este aspecto debemos trabajarlo en el estudio para que en el concierto no perdamos esa concentración con la que ya nos hemos acostumbrado a trabajar.

¿Cómo trabajar la concentración en el estudio en casa?

Os propongo, para empezar, un ejercicio sencillo con el que, además, mataremos dos pájaros de un tiro. Se trata de un breve ejercicio de respiración. 
Una vez que tengamos el oboe montado, la caña a remojo, la partitura en el atril...nos sentaremos en una silla, apoyados cómodamente en el respaldo -pero erguidos, sin doblar la tripa- y con las manos descansando sobre las piernas. Cerraremos los ojos y haremos varias respiraciones lentas, observando el recorrido del aire -que irá hacia el abdomen, así el ejercicio nos sirve también para colocar la respiración antes de tocar- y contando despacio tanto al inspirar como al espirar el mismo número de veces. Respirar contando nos ayudará a fijar la atención solamente en la respiración. (Aprendí este ejercicio en un curso de Mindfullness que hice hace unos meses: ¡gracias Elisabeth!)

Ahora nos pondremos a tocar, a hacer nuestros ejercicios técnicos, el trabajo de piezas y estudios. No dejemos de observar si estamos concentrados. Podríamos repetir en cualquier momento el ejercicio anterior si detectamos que empezamos a pensar en otra cosa. En lo que he hecho antes o haré después o hice ayer o haré mañana, en que mi madre me oye y tal vez no le gustará o sí le gustará lo que hago, en que no debo olvidar hacer esa tarea de matemáticas que bla y bla o en que tal como está ahora la pieza a mi profesora no le gustará o sí le gustará....debemos deshacernos de cualquier pensamiento que no tenga que ver con lo que estamos haciendo en ese momento, que es tocar. Eso sí, todo con mucha paz. No vaya a pasar ahora que nos pongamos trágicos porque nos desconcentramos cuando estudiamos. Ya es un buen comienzo darnos cuenta de que nos pasa. 

Si nos acostumbramos a trabajar con concentración, y lo que es importante, sin juzgar todo el tiempo lo que hacemos, habremos avanzado mucho para llegar a tocar en público de la misma manera: concentrados y sin juzgarnos. No se trata de tocar sin darnos cuenta de lo que hacemos. Si, por ejemplo, hemos tocado un ejercicio de sonido y los agudos estaban desafinados está bien que nos demos cuenta para repetirlo con más cuidado. Esto es muy distinto a decirnos que vaya asco, que ese la sobreagudo era impresentable e impropio de nuestra "oboistidad" y que con ese la nadie nos querrá.

Y así llegamos a la última cuestión de hoy: el crítico interior.
Una buena parte del murmullo mental que a veces tiene el músico en la cabeza mientras toca tiene que ver con su crítico interior. Nos pasa como al chaval de la foto: parece que sólo se mira al espejo pero por dentro pasa mucho más.

 ¿Cuántas veces nos pasa que estamos tocando y, al mismo tiempo, estamos juzgando lo que hacemos? Es como si fuéramos dos personas, uno el que toca y otro el que critica. Acabamos de tocar un pasaje y, en lugar de concentrarnos en el siguiente, estamos diciéndonos lo bien o mal que hemos tocado el que pasó y, claro, nuestros sentidos no están totalmente pendientes de las notas que suenan en cada segundo sino en las que sonaron antes que, por otra parte, no tienen ya remedio.

Normalmente son más habituales pensamientos del tipo: "¡Qué horror, cómo he podido hacer esto, toco faltal, nunca lo conseguiré!" etc. que los del tipo: "¡No ha estado mal, qué bien, estoy aprendiendo un montón, ha sonado bien, qué bonita música!" A ver, tengamos claro que en los dos casos estoy desconcentrándome pero además, en el primero de ellos, me estoy machacando.

Está muy bien que después del estudio o el concierto hagamos una reflexión realista de lo que hemos hecho -y en esto nos puede ayudar nuestro profesor, o la gente que nos haya oído tocar en casa- para estar contentos con nuestros progresos y aprender de nuestros fallos para seguir avanzando, pero tratemos de ser eso, realistas. Muchos intérpretes suelen grabar sus conciertos -también podemos grabarnos estudiando- y es muy habitual oírles decir que, después de escuchar la grabación, se dan cuenta de que no lo habían hecho tan mal como pensaban. Y es que, mientras tocamos, a veces somos un poco trágicos. Se nos van dos semicorcheas y ya solo vemos esas dos semicorcheas torcidas y feas, no las otras ciento cincuenta y tres semicorcheas bien tocadas.

Nada de tragedias. Y no hagamos el análisis mientras tocamos. Cuando toquemos hagamos eso, tocar. Hacer música. Ser uno con la música. Disfrutar.

Os recuerdo algo que tratamos en el artículo anterior: el público nos quiere. La gente no va a vernos para contabilizar nuestros fallos sino para disfrutar con la música y, en el caso de nuestras audiciones en la Escuela, para alegrarse con nosotros por nuestros progresos. Quiero decir con esto que el público no piensa lo que suele pensar nuestro crítico interior cuando se pone trágico. Esa es nuestra película, no la suya.

Quiero veros disfrutar tocando. Nada de salir corriendo del escenario en cuanto suena la última nota. Gran sonrisa, saludo para agradecer los aplausos, y abandono pausado del escenario.
Disfrutad, que hacer música es muy grande. Disfrutad como disfruta, por ejemplo, Cecilia Bartoli. 

Ah, y disfrutad viéndola cantar.
¿Os parece demasiado...teatral? Ya hablaremos otro día de eso de hacer teatro cuando tocamos.






miércoles, 30 de julio de 2014

De oboístas y trapecistas: el miedo escénico (1)

En los últimos meses he ido dos veces al circo con mis hijos. La primera vez se trataba de un circo pequeño y pobretón. Las sillas estaban colocadas sobre la hierba, y en la pequeña pista se sucedían una serie de números protagonizados una y otra vez por los mismos artistas que cambiaban de vestimenta y de nombre. No tenían números con animales salvajes ni exóticos aunque sí hacían algunas piruetas los perrillos de todo pelaje que llevaban en las caravanas.
A pesar de ser un circo tan modestito hacían proezas admirables, es decir, tenían destrezas que yo no tengo.
¿Por qué me parece tan admirable esto del circo? Diría que en gran parte porque hacen cosas que yo no seré nunca capaz de hacer bien por miedo -en el segundo de los circos, más grande y con más medios, había unos leones terroríficos con los que jamás me metería en una jaula- o bien por incapacidad manifiesta -como es el caso de los malabares: soy más bien torpe-.
Mientras me maravillaba admirando a los artistas, me dio por pensar en eso del miedo escénico.

Imaginad que sois malabaristas. Salís a la pista con dos o tres de esos bolos brillantes y empezáis a darles vueltas por los aires. Vuestro ayudante os va acercando otro bolo, y otro...hasta que hay un gran bolo de bolos girando y lanzando destellos, ¡¡más difícil todavía!!, lo cual provoca que muchos espectadores se queden irremediablemente con la boca abierta sin darse ni cuenta.
Antes de salir a la pista has hecho unos estiramientos, unas cuantas respiraciones profundas para no perder la concentración, y, sobre todo, tienes a tus espaldas un montón de horas de entrenamiento en las que has perfeccionado poco a poco tu número, llegando incluso a correr por la pista y girar sobre ti mismo mientras das vueltas a esos mareados bolos.
Has trabajado mucho y ahora te juegas todo tu trabajo en unos segundos, a la vista de un montón de gente que ha pagado una entrada por verte. No vale repetir, no vale decir que en el entrenamiento todo era perfecto. Tiene que ser perfecto ahora. Menuda presión, ¿eh? ¿No nos pasa algo parecido cuando tocamos en un concierto? Si en lugar de ser un malabarista fueras por ejemplo un oboísta, ¿no tendrías una sensación muy parecida?


Ahora me veo obligada a hacer un parón para hacerte una pregunta: ¿te ves reflejado en eso de haber trabajado mucho previamente? Es decir, ¿te has preparado bien para el concierto?
Tengo una muy buena noticia...si eres de los que se ponen nerviosos en los conciertos porque van mal preparados, han estudiado poco y/o mal, en casa sólo salía bien una vez de cada diez y por tanto hay no pocas posibilidades de que en el escenario tampoco salga, etc. etc. ¡¡¡no tienes miedo escénico!!! Solamente necesitas estudiar más y/o mejor.

Para que nos entendamos, se puede decir que alguien tiene miedo escénico cuando, a pesar de una buena preparación previa al concierto, sufre un estado nervioso, de desconcentración, que incluso puede mermar su capacidad física (incapacidad para respirar correctamente, temblores). No se trata de estar nerviosillo, eso es normal. Hay unos nervios "sanos" que nos pueden ayudar a estar más tonificados, más atentos. El miedo escénico no nos dejaría hacer lo que sabemos hacer.

Mucha gente no ha conocido nada parecido al miedo escénico hasta que ha cogido un instrumento y se ha puesto a tocar delante de otra gente. Me contaban hace unos días que, en una audición que se hacía en una escuela de música, una mujer adulta, de esas que llegan con una ilusión de décadas a aprender a tocar su instrumento soñado, trataba de hacer sonar su flauta travesera con un temblor en la mandíbula tremendo. ¿Imaginaba esta flautista que cuando empezara  por fin a tocar le iba a suceder esto?

Pero volvamos a nuestro circo...

El público está en tensión, es un ejercicio muy difícil y un bolo podría caer al suelo, incluso podrían caer unos cuantos y entonces...¿qué? ¿Qué sucede si se caen los bolos?
En el primero de los circos, el modesto, salió un equilibrista agobiado. Se le notaba nervioso, inseguro. Desde el público, cuando uno ve inseguridad, ya empieza a pensar: "Ay, pobre, que se va a caer, ay que se cae." Empezó a subirse en esos cilindros sobre los que ponen una tabla y luego otro cilindro, y otra tabla...y se cayó.  ¡¡¡Horror!!! Ha sucedido. El equilibrista se ha caído. Y ahora, ¿qué hace el público? ¿Estallan en cólera, acuden todos a la taquilla para pedir su dinero, le tiran tomates y apios al desdichado artista, le abuchean, se ríen de él, le gritan que se vaya a su casa? ¡¡¡¡No y mil veces no!!! Todos sentimos compasión porque nos imaginamos en su lugar y nos tiemblan las rodillas y, cuando se repone, repite el número, y le sale bien...aplaudimos más todavía y sonriendo más que si todo hubiera sido perfecto, para animarle y darle calor.


Entonces, ¿qué pasa si se nos caen unas cuantas semicorcheas en una audición en la Escuela a la que han acudido padres, tíos, abuelos, primos, amigos y demás seres queridos -o sea, seres humanos que nos quieren sin parar-? ¡¡¡Nada!!! Quiero decir: el público no es con nosotros como nosotros somos con nosotros mismos.  Nosotros deberíamos ser capaces de decirnos: "La próxima vez tengo que estudiar más ese pasaje". Y punto. Nada de tragedias del tipo: "He hecho el ridículo, nadie me querrá, nunca lo conseguiré, soy el peor oboísta de todos los tiempos, etc. etc." porque todo esto no tiene nada que ver con la realidad. El público se acordará de los otros ciento tres compases que has tocado más que del compás en el que has metido la pata, te lo aseguro.

Ellos no son tan críticos como nosotros. De hecho, solemos estar tocando y criticándonos al mismo tiempo. Somos intérpretes y críticos en el mismo momento e imaginamos que todos los que nos están viendo nos juzgan igual.

De esto os hablaré en el próximo artículo: de nuestro crítico interior.



(Para ampliar hoy la información y la reflexión sobre este tema:
"El miedo escénico y las audiciones escolares" por el compositor, letrista y docente Juan Ramos.)


martes, 8 de julio de 2014

¿Y qué pinto yo en un congreso de oboístas? (y fagotistas)

Sucedió un día que, después de recoger a mis niños del cole, me quedé de cháchara ligera en la puerta (mientras los ojos de mi nuca vigilaban a mis hijos, claro).  Faltaban unos días para que se celebrara en Madrid el segundo congreso de Afoes (Asociación de fagotistas y oboístas de España). Yo iba a acudir al congreso en lo que sería mi primera noche fuera de casa desde que nació Catalina. ¡Emoción! 
Andaba contando los días, con muchas ganas de coger mi oboe y mi maletica de fin de semana para meterme en el tren. Comenté en el grupo que el viernes me iba a un congreso de oboístas. Entonces un padre, con cara de mucho alucine, me dice: "¿Un congreso de qué?", y le digo otra vez que de oboístas. "Ah, pero... ¿hacéis congresos?"
En vuestra todavía corta vida oboística, queridos alumnos, estoy segura de que ya habéis experimentado una sensación muy parecida a la que yo tuve en ese momento, concretamente cuando tratáis de explicarle a alguien qué es un oboe. Ya sabéis, tocáis un instrumento raro.

He de deciros que, si continuáis con los estudios de música unos cuantos años, os sucederá también eso de que mucha gente no podrá llegar a imaginar qué hacéis en el conservatorio además de tocar el oboe, y os veréis obligados a recitarle de corrido todas las asignaturas del plan de estudios para que se dé cuenta de que lo de estudiar música es algo serio. Pero esto es harina de otro costal...
Vamos a abordar de una vez la pregunta que da título a esta entrada en el blog: "¿Y qué pinto yo en un congreso de oboístas?"

Ah, bueno, lo olvidaba, claro...la noticia es que entre el 26 y el 28 de septiembre el congreso de Afoes se celebrará en Zaragoza. ¡¡¡A la vuelta de la esquina!!! 
Podría empezar diciendo que es muy alentador estar en un sitio donde se reúnen cientos de raros como vosotros, que también tocan ese instrumento que casi nadie conoce (¡y no hablemos del fagot!)...pero tal vez me diríais que no es una razón lo suficientemente poderosa como para que os vayáis a Zaragoza.
 
La misión que me he propuesto al escribir este artículo es convenceros de que no podéis no ir. Empezaré otra vez por el principio, o sea, abordando de nuevo y de una vez la pregunta del título etc.
Primero tengo que deciros que para poder ir al congreso hay que hacerse socio de Afoes. (40 euros anuales para profesionales y 20 euros para estudiantes) A continuación os relaciono las ventajas de los socios que aparecen en la web de Afoes:
  • Asistencia gratuita al Congreso, y posibilidad de participar como alumno/a activo/a en clases magistrales, talleres y otras actividades prácticas del congreso.
  • Regalo de la Camiseta AFOES.
  • Recibir la Revista Anual de la asociación, y poder realizar publicaciones en la misma.
  • Descuentos en luthiers/reparadores asociados.
  • 10% de descuento en diversas clases magistrales y cursos de perfeccionamiento e interpretación musical.

    Sobre la camiseta os diré que es muy chula, aunque supongo que tampoco iríais a Zaragoza sólo por una camiseta. Para cada congreso la camiseta es diferente. Las de la foto son las del que se celebró en Madrid. ¡¡Yo tengo una!!

    Pero, como podéis suponer, un congreso es mucho más que una camiseta y un montón de gente junta que es igual de rara. Está, por ejemplo, el tema comercial. Vais a encontrar stands de unas cuantas marcas de oboes y fagotes, de toda la cacharrería relacionada con el oboe o fagot y sus cañas...a mejor precio que en las tiendas. Para los que tengan que comprar instrumento es una buenísima ocasión para probarlos todos. Y para el que quiera regalarse un caprichico como una navaja especial, una caja para las cañas que las mantiene con una humedad ideal, o para el que quiera aprovechar para pagarse un buen afilado de las navajas...es el momento perfecto. 
    La situación es graciosa. En los descansos de las clases magistrales, conferencias y conciertos todo el mundo se acerca a los stands con una cañica en la mano y se monta una ruidera tremenda con tanta gente probando instrumentos a la vez.
    Ah, sí, he dicho clases magistrales, conferencias y conciertos.

    ¿Qué es una clase magistral? Pues es una clase impartida por un maestro. Así de sencillo. Es una clase con un o una profe de lujo. Se aprende muchísimo sólo oyendo la clase, os lo aseguro. Como alumnos suele haber un grupo de valientes que se atreven a recibir una clase delante de un montón de gente. Os aconsejo que elijáis un lugar desde el que podáis ver bien, y asistáis a esa maravilla que es ver y oír cómo una interpretación, una técnica...que muchas veces parecen ya buenas, se van modelando y van adquiriendo otro brillo con las indicaciones del profesor o profesora. Oiréis consejos de interpretación y también indicaciones técnicas que os servirán también a vosotros aunque no estéis recibiendo la clase oboe en mano. 
    Para el congreso de Zaragoza han contado con solistas de lujo. 
    Si visitáis el cronograma con las actividades de cada día veréis que todas tienen muy buena pinta, y que tendréis también la oportunidad de escuchar en concierto a grandes músicos. Vamos, con lo que cuesta la cuota anual, que es mucho menos de lo que cuesta una entrada para cualquier concierto, tenéis conciertos, clases y mil cosas. 
    Por ejemplo, clase magistral de Josep Domenech termina con una exposición-demostración que parece interesante, sobre "los oboes de todas las épocas".
    Todavía no se ha publicado el programa concreto del congreso y no puedo adelantaros qué conciertos habrá y cuándo pero os aseguro que los tendréis. Por una parte se suele formar una banda de oboes, cornos y fagotes -cuyos ensayos, por cierto, son parte de las actividades del congreso- que hace un concierto final y también hay conciertos de los intérpretes que imparten las clases magistrales. ¡Es una ocasión magnífica para ver y oír en directo y muy de cerca a los grandes de nuestro instrumento!

    ¿Todavía os lo estáis pensando?
    Para terminar, dos codas:

    1ª coda dedicada a las familias de los pequeños oboístas y fagotistas que no pueden ir solos a Zaragoza: ¿se os ocurre una excusa mejor para pasar un fin de semana, o un día, o unas cuantas horas en Zaragoza?
    2ª coda dedicada a los jóvenes oboístas y fagotistas que, cuando sean mayores, tal vez sean unos oboístas y fagotistas mayores: un poco de música de esos grandes maestros que podréis ver en el congreso. (Esta segunda coda tiene a su vez una segunda intención: que os guste tanto la música que os pongáis a estudiar como locos lo que queda del verano para tocar así de bonito cuando seáis oboístas mayores)

    En el primer vídeo tenéis a Ramón Ortega Quero con el oboe moderno. En el segundo al oboe barroco de Josep Domenech en un vídeo que hará también las delicias de los amantes del fagot. Por si los fagotistas se quedaran con las ganas, añado un vídeo en el que la fagotista Sophie Dartigalongue interpreta el precioso concierto de W. A. Mozart para fagot. Todo un regalo también para los oboístas, que nunca está de más oír al genio salzburgués.

lunes, 16 de junio de 2014

Belarminos y Belarminas

El domingo pasado tuvimos una comida en la parroquia en la que conocimos a Belarmino. Es un mulato de la República Dominicana que lleva unos cuantos años en España. Una buena parte de ellos ha trabajado mucho y bien, pero le llegó la crisis y ahora recibe alimentos y ayuda de Cáritas, donde además hace voluntariado para no volverse loco de tanto pensar.

Hay muchos Belarminos y Belarminas. Hace poco llamó a mi puerta una señora mayor que arrastraba un carrico de la compra y pedía comida. La pobre no se atrevía a mirarme, se moría de vergüenza. 

Hay también Belarminos músicos. Algunos tocan en la calle, y a veces lo hacen maravillosamente bien. La semana pasada me topé con uno de ellos, apostado junto a un comercio en el centro, tocando su violín, ignorado.

Me habló una vez un amigo oboísta de unos Belarminos oboístas. Habiendo acudido una modesta orquesta rusa a su ciudad para dar un concierto, pudieron conocer a algunos de sus maestros y los oboes, al no tener dinero para comprar cañas, tocaban con unas cañas viejísimas y muy deterioradas. Los músicos de la orquesta "local" les regalaron un montón de palas, tudeles...pero aquello les habría durado un tiempo más allá del cual habrían vuelto a tocar con cañas medio deshechas.
 
Vosotros ya sabéis, a estas alturas, cuántos años de esfuerzo hay detrás de alguien que toca un instrumento. Yo cuando veo a uno de esos Belarminos músicos imagino los cientos de horas de estudio, las ilusiones soñadas camino de algún conservatorio rodeado de nieve, los exámenes, las pruebas y oposiciones quién sabe si superados con éxito...y, en algún oscuro momento, esa vida que se derrumba, que se tuerce, que se empeña en salirse del camino y en discurrir entre los matojos y las colillas de la cuneta.


Hacer, lo que se dice hacer, no podemos hacer mucho. A veces ayudando uno se siente como si alimentara a un dinosaurio con alpiste. En fin, "menos es nada" que dicen los sabios.

Lo que yo me propongo una y otra vez es algo más simple, inmaterial y tremendamente difícil: no quejarme. No olvidar que pertenezco al grupo de los afortunados, por tantas razones. Ojalá me diera cuenta de esto más a menudo. Ojalá fuera consciente de ello todo el tiempo. Para que no se me borrara la sonrisa, para vivir agradecida cada minuto por aburrido que pudiera ser.

Pero me quejo. Se me olvidan mis privilegios. Olvido, por ejemplo, que es un privilegio tocar un instrumento y me quejo. Ya sabes: tocar escalas es un rollo, hacer cañas es dos rollos, ponerte a tocar una mañana de agosto tres o cuatro rollos de los gordos, etc. etc. Tal vez necesite recordar a menudo una de esas bonitas historias de superación que a veces nacen entre montones de basura. Como la de los jóvenes que hablan y tocan en este vídeo. Lo dejaré aquí, a mano, para verlo cuando no me apetezca estudiar.


jueves, 12 de junio de 2014

Tocas el ¿¿¿qué???

Mis muy apreciados oboístos y oboístas:

Ya es tarde. Ya no vale cambiar de instrumento. Os ha costado muchísimo llegar hasta  donde habéis llegado. ¿Vais a volver a empezar con otro? Pero, ¿no habíamos quedado en que es este y solamente este instrumento el más bello de cuantos emiten sonidos sobre la faz de la tierra?

Hoy quiero compartir con vosotros un enlace que me envió mi compañero violinista Álvaro Santiago. Se trata de toda una serie de gracias a cuenta de nuestro instrumento: el oboe. Puedes acceder a la página pinchando aquí pero, como la página está en inglés, a continuación os voy a ofrecer una especie de "traducción comentada" de esas diez peores cuestiones que tienen que ver con tocar el oboe. Ah, si alguno percibe errores de traducción que me avise, tengo un inglés muy de andar por casa.

1º LA GENTE PIENSA QUE ES UN CLARINETE.
Aquí añadiría yo que ojalá pensara eso mucha gente y aún diría más: no poca gente no sabe tampoco cómo es un clarinete. Por lo visto en el mundo anglosajón en el que ha nacido el artículo el personal no sabe cómo es un oboe pero sí sabe cómo es un clarinete.
Sin embargo aquí entre los ibéricos, cuando uno dice que toca el oboe y se encuentra con la habitual cara de póker, a veces cae uno en el error de decir "es como un clarinete, así negro, pero más fino y con otra boquilla..." y entonces se da cuenta uno de que la cara de póker es ahora de sota de bastos y que no, que tampoco el oyente visualiza un clarinete así como así.

2º DURANTE LOS PRIMEROS AÑOS EL OBOE SONARÁ LITERALMENTE TERRORÍFICO.
Nada que objetar. Sin embargo, esto no suele ser un problema para el oboísta si éste ha comenzado a estudiar con siete u ocho años. A veces cuesta tanto hacer que suene que da igual cómo sea el sonido. Teniendo en cuenta que, además, normalmente llegan al instrumento sin haber oído antes música de oboe ese sonido de pato gaitero no hace sufrir más que a los que rodean al oboísta.
Desgraciadamente los padres del principiante a veces sí han oído el sonido de un verdadero oboe y, pasada la primera semana de práctica en el hogar, vienen a clase espantados preguntando si es normal que suene así o si su hijo tiene alguna negación particular para este instrumento.

3º ES UNO DE LOS INSTRUMENTOS MÁS DIFÍCILES DE TOCAR.
De acuerdo, me habéis pillado, esto no os lo conté el primer día. Ni el segundo. Ni el tercero. Nunca os he contado que, cuando estudiaba en el conservatorio que hoy llaman profesional -antes grado medio-, teníamos muy cerca el aula de saxofón y que los saxofonistas tocaban en primero los estudios que nosotros tocábamos en cuarto y con gran dificultad. Ya está. Ya lo he dicho. ¿No os sentís muy orgullosos de ser capaces de tocar algo con semejante instrumento?

4º LA AFINACIÓN.
No deja de ser muy gracioso que tenga que ser precisamente el oboe el que dé el la para que afine toda la orquesta, banda o agrupación del tipo que sea. Seamos sinceros...esto no sucede porque el oboe sea el más afinado sino porque tiene un sonido tan penetrante que no deja de oírse ese la aunque todo el resto de la orquesta esté ñigo ñigo que te pego afinando su artilugio.
Habréis oído ese chistecito que cuenta aquello de que sólo hay una cosa que pueda desafinar más que un oboe y se trata de dos oboes. Sin embargo, todos hemos experimentado que cuando el número de oboes supera los treinta se produce un extraño efecto físico que hace que las desafinaciones parezcan anularse unas a otras.
Me permito compartir aquí la tremebunda pero real grabación que en este punto obsequia la web que publica el artículo original:




5º (A ver cómo traduzco esa frasecita) ESTARÁS IRREMEDIABLEMENTE ASOCIADO A LA PEOR MÍMICA OBOÍSTICA MUNDIAL DE TODOS LOS TIEMPOS.

Esto se refiere a esa película a la que todos los oboístas tenemos que hacer referencia cuando queremos poner un ejemplo de música conocida de oboe al de la cara de póker: La misión. En ella el actor Jeremy Irons hace como que toca un oboe barroco mientras suena uno moderno de un modo muy cutre y nada creíble. Podían haberle dado un par de clasecitas...





6º OH, ¿HAS DECIDIDO HACER TUS PROPIAS CAÑAS?

Hay una sensación que se parece mucho a la compasión y que se desencadena justo en el momento en que un alumno, con una gran sonrisa y un brillo ilusionado en los ojillos, mientras mira con deleite el instrumental desparramado en la mesa del profesor, pregunta cuándo empezará a hacer cañas.
Si me lee algún profesor me comprenderá al instante. Lo de las cañas es...como para hacer un foro de afectados.

7º AUNQUE HAGAS LAS CAÑAS TÚ MISMO, NINGUNA FUNCIONARÁ.

Me encanta el texto original de la web: "Excepto puede que una vez. Y jamás en un concierto ni en clase ni en nada útil."

8º NADIE SABE QUÉ ES UN OBOE.

En este momento tengo que agradecer a la escuela de música en la que trabajo (la Escuela Joaquín Maya de Pamplona) que hagan una muestra de los instrumentos previa a la elección de los mismos por parte de los nuevos admitidos. Si los profesores de oboe dependiéramos de que los nuevos alumnos eligieran espontáneamente nuestro instrumento estaríamos todos sin trabajo.

9º NECESITARÁS UNA HORA DE REMOJO PARA TUS CAÑAS.

¿Cuántas veces se te ha caído el botecico de agua en el peor de los momentos y/o lugares? Y, como sugieren en el artículo original, ¿no te ha pasado que la caña se ha mojado poco o demasiado y sin embargo todos esperan que tu oboe suene perfectamente afinado desde la primera nota (ese terrorífico la perfecto)?

10º EL PEOR DE TODOS: EL FAGOT HACE LO MISMO PERO CON MENOS PRESIÓN.

Por algo será que no se ponen tan rojos, digo yo. Y mira que nos ponemos feos los oboístas.
He visto no pocas películas en las que seductoras doncellas tañían un laúd, tocaban un piano o soplaban delicadamente una flauta siendo el deleite de su audiencia...¿por qué será que ninguna se desfiguraba, enrojecía e hinchaba tocando un oboe?

¿Cómo podríamos levantar el ánimo después de semejante lista de horrores? ¡¡Con música de oboe!! Así recordaremos por qué estamos tocando este terrible instrumento.



lunes, 2 de junio de 2014

Estudiar...¿¿en verano??



Muy queridos oboístas:

Ya vamos cerrando el curso, se acerca el largo verano...¡¡y no podéis dejar de tocar tanto tiempo!!

Sabéis que sois unos priviliegiados, que hay mucha gente por ahí suelta que siempre ha soñado con tocar el oboe pero no lo toca, y vosotros sí. Solamente esto debería daros ganas de tocar sin parar. Pero también es verdad que hay no poca gente suelta por ahí que cree que uno puede llegar a tocar un instrumento abriendo el estuche de vez en cuando para mirarlo y sin sudar nada. Hay gente para todo, en fin.

A vosotros no hay ya quien os engañe, y tenéis muy claro que no podéis dejar de practicar. Os lo he dicho muchas veces: esto es como un deporte. Hay una serie de músculos muy concretos que utilizamos para tocar, y si dejamos de practicar nos pasará, por ejemplo, aquello de que al cabo de una canción y media (¡¡glups!! Se me ha escapado lo de decir "canción" en lugar de "pieza") la embocadura se deshará irremediablemente, empezando por pequeños escapes de aire en los lados y terminando por sacar los labios en plan potro vibrante. 

Por otra parte, nuestro diafragma estará más preparado para hacer de hamaca del aire que para proyectarlo y aquel sonido que habíamos conseguido producir allá por mayo habrá desaparecido dejando lugar a algo parecido al graznido de una urraca. Bueno, si hemos dejado de tocar mucho mucho tiempo podemos incluso llegar a no tener fuerzas para sostener el oboe más de diez minutos sin sentir un punzante dolor en el antebrazo.

Quien ha conocido ya siquiera remotamente alguna de las sensaciones descritas con anterioridad sabe que, por si fuera poco, al adivinar que tal vez hemos podido perder la forma e imaginando el tedioso trabajo de recuperación que tenemos ante nosotros suele invadirle a uno una tremenda y casi insuperable pereza que impide acercarse siquiera al instrumento y que se alimenta a sí misma conforme pasan las semanas sin haber tocado. Si a todo ello le sumamos un agosto caluroso que promete una buena sudada frente al atril el resultado será que la vuelta al cole nos pillará en un lamentable estado oboístico que equivaldrá a nuestro estilo de un par de años atrás.

¿¿¿Verdad que no queréis que os suceda todo esto???

Ahora vamos a analizar la foto de los sonrientes bañistas que tenéis un poco más arriba. ¿Reconocéis al oboísta? Es el que tiene el mismo color que el del teflón que ponemos en las cañas. Bueno, vale, para terminar el verano tan blancos como el oboísta de la foto tendríais que hacer cañas, y la mayoría de vosotros todavía no está en ello. Y es que cuando un oboísta tiene que fabricarse sus propias cañas una buena parte del tiempo que otros instrumentistas pasan tocando lo pasa raspa que te raspa, y entre soplidos y virutas se pasan las horas volando...
A ver, no os asustéis, no pretendo que acabéis el verano tocando el concierto de Strauss en vuestro tercer año de oboístas pero sí me gustaría que no olvidarais en estos lo que habéis aprendido con tanto esfuerzo durante el curso que ahora acaba.
Por si no os ha quedado claro el mensaje en las últimas clases que hemos tenido os lo repito aquí. Ya sabéis, son sólo dos ideas:

Idea número uno:

¡¡¡NO DEJES DE TOCAR!!!

Idea número dos:

¡¡¡NO TOQUES DE CUALQUIER MANERA!!!

 Respecto a la primera idea ya sabéis que no pretendo que pringuéis el oboe de aftersun con arena ni que amenicéis las vacaciones a los del apartamento de al lado. Sí os recomiendo que, cuando no estéis de "veraneo", fijéis unos días y unas horas concretas para tocar. Mejor por la mañana para evitar las horas de más calor y para que luego os vayáis a la piscina con la tarea hecha.
No os he marcado un montón de lecciones nuevas para estudiar en verano porque ya estoy hecha una blanda. Con tal de que toquéis, me da igual que paséis el verano repasando una y otra vez aquella canción que os gustó tanto.

La segunda idea se puede a su vez desglosar en varias "subideas":

1º Cuando toquéis prestad atención a cómo lo hacéis. Me refiero a la embocadura, la respiración, la emisión...todo lo que habéis aprendido este curso en cuanto a técnica.
2º Si montarais alguna pieza nueva recordad cuál es la mejor manera de trabajarla para optimizar el tiempo de estudio. De eso os hablé en un artículo anterior al que podéis acceder pinchando aquí.
3º Tocad con la misma rutina que hemos seguido durante el curso en las clases y en casa: empezando por trabajar la técnica. Comenzad con unos ejercicios de emisión con caña y seguid con algún ejercicio de sonido de los libros que tenéis o de los que os escribí en el cuaderno a lo largo del curso.

Un apunte final sobre las cañas en verano: con el calor (y el poco uso, ejem), se suelen abrir mucho. Para cerrarlas y después de haberlas mojado entre cinco y diez minutos podéis apretar la punta con los dedos durante un rato y, si esto no fuera suficiente, utilizad la caja de las cañas para cerrarla. Eso sí, apoyadlas solamente en el borde de la caja, no vaya a ser que las machaquéis.

Y bueno...¡¡¡disfrutad del verano!!!




 



martes, 20 de mayo de 2014

¡¡¡Me gusta la música clásica!!! ...¿y a ti?


Queridos alumnos y queridos padres de mis queridos alumnos:

Supongo que la afirmación que da título a este nuevo artículo, a estas alturas de nuestra relación, no os extraña nada. Vuestra profesora es una antigua. ¿Os acordáis de la última audición que tuvimos? Dowland, Purcell, Haendel, Bach, Vivaldi...¡¡qué música tan bonita!! Eh, confesad que a vosotros también os gustó...pero entremos en harina.

Para empezar vamos a aclararnos con el término ese de "música clásica".
Ya sabéis que en rigor no deberíamos decir "música clásica", porque por "clásico" entendemos el repertorio compuesto durante el clasicismo, que es un periodo muy concreto y bastante breve de la historia de la música. Redondeando mucho se suele enmarcar el clasicismo entre 1750 y 1820 pero ya sabéis que estas cosas no suceden de un día para otro. En fin, como vosotros y yo sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de "música clásica" vamos a seguir utilizando esa expresión sin complejos.
Decir que la música clásica es un rollo es no decir gran cosa. ¿A qué se refieren concretamente las personas que se atreven a hacer semejante afirmación? ¿Están seguros de que no les gusta nada de lo que se ha compuesto en unos mil quinientos años? Tanto tiempo da para mucho y para mucha variedad. ¿No les gusta nada? ¿Nada de nada? ¿Ni la música vocal, ni la instrumental, ni la orquestal, ni la de cámara, ni la medieval, ni la barroca, ni la de flauta, ni la de oboe, ni la de laúd, ni la del violín, ni la del quinteto de viento, ni la del cuarteto de cuerda, ni la de Mozart, ni la de Quantz, ni la de los juglares anónimos, ni la de Dufay, ni la de Penderecki, ni ni ni? ¡¡¡No puede ser que hayas oído todo eso y no te haya gustado ni una sola cancioncilla de Schubert, ni un solo de oboe de una sinfonía de Mahler, nada de nada!!! 


Otra cosa es que no hayamos oído nunca eso que llaman "música clásica" y que vuestra primera experiencia con ese vasto repertorio haya sido una kilométrica sinfonía de Bruckner durante la que no conseguisteis mantener la atención ni diez minutos de modo que decidisteis no volver más a un auditorio. A este respecto os confesaré que, cuando empecé a oír música orquestal me costaba muchísimo no distraerme y aún hoy, si el concierto me pilla un poco mal dormida o el repertorio no acaba de engancharme, reconozco que me interesa más lo rojo que se pone el oboísta, los exagerados ademanes de un concertino o lo despeinado que está el director que ninguna otra cosa. Pero esto también forma parte del espectáculo, ¿por qué no?

Algunos de vosotros habéis llegado a la Escuela después de haber oído mucha música clásica porque la oís en casa. Es el caso también de mis hijos. En casa oímos -y tocamos- música clásica y en el coche se diría que , entre todas las emisoras existentes, solamente funciona Radio Clásica. De este modo mis peques de 5, 4 y 2 años han asimilado ese repertorio con total normalidad y no les gusta más o menos que otros estilos sino que forma parte de su universo sonoro. A veces los fines de semana después de desayunar papá se sienta en el piano y empieza a toquitear partituras y muchas veces, cuando cambia, Catalina dice: ¡No, toca otra vez la de antes!" y podía ser música de Beethoven o Ravel. (Por eso me atrevo a decir eso de "No, no soy vieja" detrás del "Sí, me gusta la música clásica": porque le gusta a Catalina que tiene 5 años).

Esta experiencia me hace pensar que no es cierto que a los niños les entre con más facilidad la música de Peppa Pig que la de Mozart, sino que simplemente oyen más la primera que la segunda y, para cuando alguien les hace oír la del insigne salzburgués, han oído tantas melodías que discurren sobre los mismos modos -normalmente el modo mayor o el lidio en algunos dibujos animados- y grados de la escala que todo se les hace raro.

Muchos otros llegáis a la Escuela sin haber tenido contacto con la música clásica y con vuestros 7 u 8 años la conocéis por primera vez. Os diré que en los siete años que llevo trabajando en esta Escuela habré tenido dos o tres alumnos que me han pedido música más "moderna". Otros, como mi querida Ane,  han tenido un auténtico flechazo, y ya no quieren saber nada de esos libros rockanrroleros. Prefieren que toquemos dúos barrocos. En las audiciones de alumnos programo mucha música clásica y tengo la impresión de que, cuando los alumnos tocan una de esas partituras que tienen siglos de edad, sienten que tocan algo "difícil" e importante, y que para ellos supone un reto ilusionante llegar a tocar la música de los grandes.

Antes de que nadie se me enfade, debo aclarar que no pretendo comparar estilos, ni afirmar que los hay mejores o peores. Sólo quiero exponer mi experiencia con el repertorio clásico, en mi propia vida, la de mi familia, y la de los alumnos.

Tal vez algunos padres estaréis haciéndoos la típica pregunta: "Si yo no sé nada de música clásica, ¿cómo podría aficionar a mi hijo a escucharla?" En primer lugar os diré que tenéis que partir de la siguiente premisa: la música es un tesoro. Como dijo Tolstói, es la "taquigrafía de la emoción". Con la música se expresan y se sienten emociones que no necesitan carreras ni estudios para ser experimentadas. Y, ¿cuál puede ser el "mapa del  tesoro" para llegar a disfrutar de ella?

- Probad a sintonizar Radio Clásica a cualquier hora del día. Si no os gusta lo que oís, apagáis la radio. Si no os molesta, dejadla sonar. 
- Acudid a conciertos. Sé que muchos de ellos -no todos, ahí tenemos a nuestra Banda Municipal la Pamplonesa tocando los domingos por la mañana- se programan a horas difíciles para las familias -las ocho: hora del baño, la cena, el cepillo de dientes...- pero podríais hacerlo al menos una vez al año, por ejemplo como regalo para vuestro hijo por su cumple o como premio por...¡haber estudiado mucho el oboe! Si no sabéis qué concierto elegir, aquí estoy yo para aconsejaros.
- En la Escuela se programan conciertos didácticos. ¡Acudid con vuestros aprendices instrumentistas, sus hermanos, primos y amigos, estudien o no estudien música!
- Si compartís un rato de ordenador con vuestros hijos, probad a descubrir instrumentos, compositores, épocas...con entrar en youtube y escribir "corno inglés", "arpa", "Mozart cuarteto"...
- Entrad en la paleta con montones de vídeos de oboe juntos que tenéis en este mismo blog, en la pestaña de "vídeos oboísticos".
Ya podéis empezar a descubrir. Vais a abrir el cofre del tesoro...¿qué habrá dentro?



Y, para el que haya llegado hasta aquí, unos regalicos: